Afecto en la adolescencia

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Publicado en Familia, Los Hijos

“Hay un valor que perdurará antes, ahora, después y siempre en la vida de nuestros hijos adolescentes: el afecto. El afecto siempre predominará en la vida y será la música de fondo que acompañará a nuestro hijo y hará que su personalidad se desenvuelva equilibradamente, y, al saberse querido, caminará seguro, adquiriendo autoestima.

Hacer uso correcto del afecto nos abrirá todas las puertas de comunicación con el adolescente. Lo cual quiere decir: no aprovecharnos nunca de nuestra maternidad o paternidad con frases como: “enfermaré con todos los problemas que me das…”, “mira lo que yo hago por ti y tú con que moneda me pagas…”, “ya te iría bien estar una temporada en una casa donde no te trataran como nosotros…”. Son pequeños trucos que pueden funcionar para obtener alguna respuesta positiva sólo al momento, pero que proporcionan malestar a los de casa. Nos sabría muy mal que los hijos nos quisieran complacer sólo porque se preguntaran: “¿qué podemos hacer para tener a los padres contentos?”

Sin abusar, para no caer en chantajes afectivos, se ha de llegar al corazón de los adolescentes para estimular y motivar su voluntad. Y esto sólo lo podemos conseguir cuando somos afables. La afabilidad, o la forma adecuada de tratar a los hijos, es consecuencia de vivir para ellos y demostrarles constantemente nuestro cariño.

La afabilidad consiste en una especial delicadeza de trato que hace que el hijo se encuentre bien a nuestro lado. No se trata de decir: “hazlo por mí, que te quiero mucho”, se trata de conseguir que se sienta querido diciéndole, por ejemplo: “— ¡que contentos estamos de tenerte!”, “— gracias por ocuparte de tu hermano con tu juego del ordenador”, “— perdona esta interrupción pero necesitaría…”.

No nos creamos víctimas, los hijos también han de aprender a darnos afecto para aprender a darse, y nosotros debemos valorar los servicios o colaboración que aporten. Con valoraciones y alegría potenciemos su seguridad al verse queridos y aceptados.

Siempre conviene pedir lo que se tenga que pedir o corregir lo que se deba corregir, sin el egoísmo de creer que somos unos desgraciados, ni caer en victimismos cuando, en realidad, somos muy afortunados de tener unos hijos que se van haciendo mayores. Unos hijos que tienen la capacidad de aprender a amar y corresponder con generosidad al amor que les damos”.

 

 

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