EL CLIENTELISMO COMO POLÍTICA DE ESTADO

0

Publicado en Administración, Agricultura, Correspondecia Recibida, Derechos, Dinero, Ecología, Economía, Observatorio, Prensa hablada y escrita, Tareas, VISIBILIDAD

¿Qué es Clientelismo Político?
http://contrapeso.info/2015/que-es-clientelismo-politico/

¿Qué es el clientelismo político? Definición y algunos ejemplos recientes
http://utero.pe/2015/12/17/esto-es-el-clientelismo-politico-definicion-y-algunos-vergonzosos-ejemplos-recientes/

EL CLIENTELISMO COMO POLÍTICA DE ESTADO EN COLOMBIA
http://jorgerobledo.com/el-clientelismo-como-politica-de-estado-en-colombia/

CLIENTELISMO POLÍTICO ¿DESVIACIÓN DE LA POLÍTICA O FORMA DE REPRESENTACIÓN? ESTADO DEL ARTE SOBRE LAS APROXIMACIONES
AL CLIENTELISMO EN COLOMBIA
http://repository.urosario.edu.co/bitstream/handle/10336/4863/1020746670-2013.pdf

Clientelismo político: ¿existe el fantasma y cómo se viste?
El fenómeno del clientelismo es un fantasma. a primera vista es invisible, pero se supone que está presente en todos los lados. Tiene muchas caras, pero nadie sabe exactamente cuál es su apariencia, así que con los rumores cada quien inventa un aspecto nuevo. Finalmente es percibido como algo negativo.

¿Vive o está muerto? ¿O nada más cambia de lugar o de vestido? Nadie lo sabe, pero cada quien inventa un aspecto nuevo del fantasma. así que existen muchas definiciones de varias disciplinas académicas —la antropología, la sociología, la ciencia política, la economía— para definir el fenómeno. El resultado es que difícilmente se logra comunicar algo sobre el fenómeno. Aun en este artículo no se quiere proponer una definición nueva de clientelismo para no ampliar el espectro con “una más”, pero inútil. Más bien se intenta revisar la bibliografía existente y proponer una definición de clientelismo que pueda servir a todas las disciplinas académicas a captar el fenómeno.

“CLIENTELISMO, ¿UN CONCEPTO SOCIAL Y/O POLÍTICO?

Clientelismo denota el intercambio de bienes y servicios por apoyo político y votos. a esa definición básica se puede reducir la noción. Pero el concepto resulta mucho más amplio y complejo.

Clientelismo2 denota una categoría analítica para la investigación de relaciones informales de poder (Caciagli, 1997: 292) que sirven para el intercambio mutuo de servicios y bienes entre dos personas socialmente desiguales o entre dos grupos. Se trata de una relación diádica, en la cual una persona poderosa (el patrón3) pone su influencia y sus medios en juego para dar protección o ciertas ventajas a una persona socialmente menos poderosa (el cliente) que le ofrece respaldo y servicios al patrón (Cagiagli, 1997: 292; véase Fox, 1994: 153). Los actores disponen de diferentes recursos que utilizan para favorecerse mutuamente (Ziemer, 2006).

Frecuentemente, en la bibliografía en vez de clientelismo se usa la noción patronazgo.4 Según criterios idiomáticos, ambas nociones denotan el mismo fenómeno.5 Clientelismo desde “abajo”, por el punto de vista del cliente, y patronazgo desde “arriba”, por el punto de vista del patrón. El término patronazgo se usa sobre todo para una forma especial de clientelismo que se enfoca en el intercambio de recursos públicos. “Patronazgo significa la preferencia o discriminación irregular de personas o grupos de personas familiares, étnicas u otras en la regulación del acceso a un cargo público, o bien del servicio de un cargo público” (Pritzl, 1997: 60).6 La particularidad de la noción patronazgo resulta en que el patrón tiene acceso a recursos públicos o puede abusar de su posición en un cargo público.7 Por lo tanto, patronazgo sólo es un tipo de clientelismo, porque en el clientelismo no necesariamente se tienen que cambiar recursos públicos entre patrón y cliente.

Existen varios estudios sobre el tema del clientelismo los cuales aún no usan una definición universal. Ya sea que amplíen la noción —de modo que explica todo y en consecuencia nada—, ya sea que la noción se reduzca al intercambio asimétrico. Weber–Pazmiño (1991) intenta un acercamiento al concepto evaluando críticamente la bibliografía existente hasta el año 1991. Sobre esta base, diseña cinco dimensiones de clientelismo: clientelismo estructural (¿quién?), clientelismo funcional (¿qué?), clientelismo cualitativo (¿cómo?), clientelismo social (¿dónde?) y clientelismo cultural (¿cómo?). a partir de 1991, sin embargo, comenzaron a publicarse innumerables estudios respecto al tema, así que el concepto debe ser revisado de nuevo. Como los estudios más recientes no se orientan por una definición universal, en su lugar se propone el siguiente concepto de clientelismo: es el intercambio de bienes y servicios por apoyo político y votos.9 Dado que intenta resolver problemas de distribución y mediar entre intereses diversos, siempre es político.

Adicionalmente a esa definición básica, el clientelismo se caracteriza por ocho atributos: asimetría social de los socios, reciprocidad del intercambio y dependencia mutua, carácter personal, informalidad y voluntad limitada ….
Los dos vínculos que explican esta relación paradójica, por lo tanto, son confianza mutua y lealtad como características definitorias adiccionales.

LA ESTRUCTURA DE CLIENTELISMO

Como ya se mencionó en la definición, los actores del intercambio son el patrón (la persona más poderosa) y el cliente (la persona menos poderosa). La asimetría social de ambos socios hace referencia al control de los recursos a los cuales el patrón tiene un mejor acceso. la diferencia de poder entre las personas se basa más en papeles adquiridos que en su estatus social real. Sin embargo, los clientes muchas veces son vistos como víctimas de la explotación del patrón (Stokes, 2007: 8). Al principio de una relación clientelar puede haber una idea caritativa. El patrón quiere cuidar a su cliente, y el cliente acepta la oferta porque desea ser cuidado y percibido…

El patrón satisface las necesidades del cliente y representa sus intereses frente a terceros. si no es capaz de organizar los recursos necesarios o si no dispone de los contactos necesarios, él mismo se convierte en un cliente y tiene que buscarse un patrón que sea capaz de satisfacer sus necesidades. Así que el clientelismo se puede visualizar en el modelo de una pirámide que se forma en díadas patrón–cliente apiladas.12 Las barras horizontales de la pirámide se encuentran en un mismo nivel (por ejemplo amigos y familiares). Por eso, los sistemas clientelares fomentan la competencia horizontal.

Clientelism is by its nature competitive. Clients attach themselves to patrons in order to gain some special advantage over others, at the same level in hierachy as themselves, in the contest for scarce resources. […] While the clientelist relationship itself is dyadic, the dynamic which creates it can thus only be understood in relation to a wider social structure (Clapham, 1982: 7).

La díada patrón–cliente puede ser extendida con una persona adicional a una tríada clientelar, por el llamado broker.13 Él actúa como instancia de mediación entre los intereses del patrón y del cliente, distribuye los bienes que el patrón pone a disposición del cliente y al mismo tiempo está movilizando y controlando la contrapartida del cliente. Tiene la función de un gate–keeper que tanto para el cliente como para el patrón restringe el acceso al socio del intercambio (Graziano, 1983: 431). De manera ideal, es leal tanto al patrón como al cliente porque ambos socios tienen que confiar en su actitud. Sin embargo, éste no necesariamente tiene que ser el caso, dado que el broker es un tipo de empresario que gana por la mediación.14

El objeto del intercambio entre patrón y cliente puede ser de bienes materiales o inmateriales. El patrón, con sus recursos económicos, personales o político–administrativos, concede una protección material y segura en caso de una crisis. En esta función está usando su propiedad, su prestigio, su competencia, su autoridad y su poder de controlar puestos.15 Por ejemplo, pone a disposición su tierra, departamentos; regalos como alimentos, ropa, herramientas, maquinaria doméstica o material de construcción; créditos, ayuda financiera en caso de enfermedad o de accidente, licencias, etc. El cliente, en cambio, ofrece o bien servicios de trabajo, por ejemplo trabajo campesino y conocimientos técnicos o artesanales, o bien apoyo político a través de su voto. Por el otro lado, también se pueden intercambiar bienes inmateriales: el patrón representa los intereses de sus clientes. lo puede hacer en la forma de asuntos jurídicos y administrativos, la intermediación de trabajo o cargos públicos, o la representación de intereses frente a terceros. a cambio, el cliente sigue a su patrón y le es leal.

Sobre todo, tiene que garantizar la buena reputación y el prestigio del patrón en la sociedad, buscar información o brindar apoyo político (p.e. en campañas electorales). Para la definición de una relación clientelar no importa si los bienes intercambiados son de naturaleza pública o privada. El valor de los bienes clientelares intercambiados es subjetivo (Corzo, 2002:12). No obstante, siempre se trata de bienes que consolidan la legitimidad del patrón y el nivel de vida del cliente. Si no fuera así, la oferta de regalos electorales como gorras, playeras, bolsas, plumas, globos, etc., a cambio de votos también contaría como intercambio clientelar (Weber–Pazmiño, 1991: 52–53; Caciagli, 1997: 292; Lauth, 2004: 189).

La relación entre patrón y cliente es personal. Ambas personas deben conocerse bien para poder construir una relación de lealtad y confianza. Por eso, la relación también se denomina lop–sided friendship (Julian Pitt–Rivers) o amistad interesada (Gunnar Lind; Díaz–Santana, 2002: 197). “la relación entre patrón y cliente sería impersonal si ambos solamente se conocieran por asuntos de negocio, por alguna función específica o por el hecho de que el uno o el otro obtiene una posición especial, por ejemplo dentro de una institución u organización” (Weber–Pazmiño, 1991: 78).

Además, la relación patrón–cliente es informal. No es fijada oficialmente o por escrito ni regulada por la ley. Se atiende solamente a normas y valores étnicos y normativos. Por eso no puede ser evaluada por aspectos morales o ser sancionada.16

Hasta cierto punto la relación es voluntaria. No debe ser forzada por circunstancias de vida precarias, violencia física o psicológica. De esta manera, se distinguen claramente las nociones clientelismo, esclavitud y servidumbre (Neubert, 1999: 268). La voluntad, sin embargo, depende de la existencia de alternativas, por ejemplo, la posibilidad de escoger entre dos patrones o la medida y el grado de libertad de decisión de los actores (Weber–Pazmiño, 1991: 90).17 Si la relación es forzada, ya no se trata de una relación clientelar porque no se puede garantizar seguridad ni protección y no existe una relación de confianza. Eso perjudica la potencia del cliente y en consecuencia la potencia del patrón. sin embargo, el grado de libertad no debe ser demasiado alto, porque en este caso disminuye la lealtad.18

Por lo general, los bienes se intercambian con un cierto desfase temporal, así que la relación se tiene que basar en la confianza mutua para compensar la inseguridad acerca del cumplimiento del intercambio, parecido a un contrato (Máiz, 2003: 14). Si no existe esa confianza, el patrón tiene que dar incentivos para crear una motivación adicional, los cuales fácilmente pueden volverse coacción. Además, es necesario vigilar el intercambio (monitoring),19 porque el cliente tiende a no cumplir su parte del contrato si falta la confianza (Medina y Stokes, 2002).

La confianza mutua finalmente resulta en lealtad entre patrón y cliente, porque las inseguridades existentes fueron superadas y la relación de intercambio se establece de manera duradera por el apoyo mutuo experimentado.20

No obstante, la relación patrón–cliente debe ser acotada frente al paternalismo. Esta noción se refiere a una relación social entre socios desiguales en la cual el socialmente más poderoso apoya al socialmente menos poderoso por su conducta solícita, pero al mismo tiempo con el rigor de un padre de familia. El menos poderoso reacciona con confianza y lealtad por ser cuidadoso. En contraste con el clientelismo, aquí se destaca la dependencia, y el grado de libertad es más reducido. La asimetría existe a favor del más poderoso y la conducta de los socios es más bien normativa que racional. Sin embargo, una relación patrón–cliente puede ser paternalista.

SUBTIPOS CLIENTELARES

La definición propuesta de clientelismo se refiere a un tipo ideal en el sentido de Max Weber. En la realidad, raras veces se cumplen todos los requisitos de la definición. Eso se debe a los atributos mencionados, los cuales complementan la definición básica de clientelismo. Se trata de atributos que en su mayoría son continuos y no categoriales. Es decir, su existencia no simplemente está o no está, sino que existe más bien en grado mayor o menor. De esta continuidad de los atributos resulta la potencia del concepto clientelismo. Según la variación de los atributos se pueden distinguir tres subtipos de clientelismo: el clientelismo moderno, el clientelismo forzado y el clientelismo ilusionario.

El clientelismo moderno se da si el carácter personal de la relación entre cliente y patrón está cambiando o disolviéndose. Debido al anonimato de la vida moderna, sobre todo en las ciudades, las relaciones personales entre partido y cliente difícilmente pueden conservarse. El grado de conocimiento personal entre los socios puede variar, así que el patrón, por ejemplo, puede ser un gestor o un funcionario de la administración pública a quien recurre el cliente sin conocerlo para solucionar sus necesidades. Es un clientelismo sin compromiso.

El clientelismo forzado se refiere al grado de voluntad que caracteriza la relación clientelar. El intercambio puede ser forzado por las precarias circunstancias de vida del cliente. El patrón, por falta de confianza, puede adicionar métodos de monitorear el comportamiento del cliente y de esa manera amenazarlo. Por otro lado, en una competencia entre varios patrones, los clientes pueden presionar y extorsionar al patrón.

El clientelismo ilusionario resulta del grado de confianza y de lealtad entre los socios, el cual puede ser variable. Si existen dudas sobre el cumplimiento del contrato —muchas veces, la entrega de los bienes y servicios es una promesa en lugar de un intercambio real—, la confianza del cliente se empieza a perder y en consecuencia su lealtad. Domina la ilusión sobre una relación clientelar existente porque tampoco el patrón obtiene la seguridad de la lealtad del cliente. No obstante, sigue con la oferta en la ilusión de que se da el intercambio. Con el grado de disolución de esos dos atributos también se disuelve el concepto clientelismo.

LAS DIMENSIONES DE CLIENTELISMO

La relación clientelar posee entonces dos dimensiones distintas, una dimensión racional y una dimensión normativa.

Auyero (1997: 32) denomina las dos dimensiones la concepción instrumental y la normativa del clientelismo. La concepción instrumental se refiere al cálculo costo–beneficio de los actores, es decir, la dimensión racional.

La frase concepción normativa se refiere al código de honor que es la base del intercambio, el reconocimiento mutuo y el aprecio de los socios del intercambio. Si no se toma en cuenta la dimensión normativa, no hay clientelismo (“el clientelismo es tradicional o no es”, Flacso, 2001: 11), pues las instituciones tienen que ser subjetivamente aceptadas, ya que una institución depende de la confianza de los actores en su legitimidad.

La dimensión racional muestra que las relaciones clientelares son alianzas con una finalidad —convenios informales— para perseguir fines personales.21 La reciprocidad del apoyo se mide por el cálculo costo–beneficio personal. Dependiendo del papel de los socios, se distinguen las expectativas de una ganancia y sus posibles costos. El cliente tiene que mantener su estatus, su sustento y su seguridad física. Su vulnerabilidad, por lo tanto, es material y estructural, mientras que la vulnerabilidad del patrón es funcional: él tiene que ganar legitimidad y está expuesto permanentemente a la evaluación crítica del cliente. así, ambos socios dependen el uno del otro.

El clientelismo no se basa en la recepción de rendimientos del otro sino por el otro, es decir, ambos intentan acercarse a sus fines mediante la instrumentalización del otro. Por lo tanto, las relaciones patrón–cliente son estrategias para disminuir o superar las vulnerabilidades específicas (cosas, situaciones, circunstancias, etc.) que hacen vulnerable al patrón o al cliente, que les amenguan y que impiden la consecución de sus fines (Weber–Pazmiño, 1991: 170; traducción simple).22

La relación puede ser terminada si el patrón o el cliente ya no tienen ganancia alguna y los costos de transacción se vuelven demasiado altos.23 De esta manera se limita la voluntariedad de la relación (Lauth, 2004: 189).

Como hemos visto, tanto el patrón como el cliente buscan una estrategia racional al iniciar una relación clientelar. Su aceptación depende de la existencia y del acceso a alternativas aptas para la prosecución de los fines. La relación clientelar se considera la más accesible, la más económica y, por la relación confidencial, la más segura en comparación con las demás estrategias. Si los actores optan por una relación clientelar o por una estrategia alternativa depende

de la estimación individual pero culturalmente determinada de los interesados, por su concepto del mundo y sus experiencias acumuladas: se supone que se opta por una relación clientelar como estrategia si a los interesados en su evaluación (por su “estructura cognitiva de costo”) les parece ser la más económica, la más segura y la más realista, es decir, la más racional de todas las alternativas (Weber–Pazmiño, 1991: 170; traducción simple).

Las estrategias clientelares no son lo mismo que las estructuras clientelares. Las estructuras clientelares presuponen que las estrategias clientelares funcionan y que tanto los patrones como los clientes actúan según sus respectivos papeles. El concepto de estrategia clientelar, por el contrario, quiere decir que el patrón (o el cliente) ofrece un intercambio clientelar, lo cual el patrón (o el cliente) no necesariamente tiene que aceptar.24

La dimensión normativa se refiere al valor simbólico del intercambio. El intercambio se percibe como una obligación moral —frente a amigos, conocidos, familiares, etc.— con la cual se expresa el aprecio mutuo. Desde este punto de vista, los actores involucrados consideran que la relación clientelar es correcta moralmente. Por lo tanto, el clientelismo a menudo se entiende como una parte de la cultura política.

Hay que subrayar qué modelos de comportamiento, qué relaciones entre elegidos y electores y qué principios reguladores respetados por todos forman parte de un conjunto de hábitos socialmente compartidos. Este conjunto tiene tradición y forja una mentalidad, es decir, constituye una cultura. El clientelismo es una cultura política (Caciagli, 1996: 23).25

Acerca de la relación entre clientelismo y cultura política hay dos puntos de vista. Por un lado, la cultura política puede ser consultada como explicación para el clientelismo. En este caso, se supone que una confianza baja en las instituciones políticas formales fomenta la confianza en las instituciones informales, o bien al revés: en una democracia existe una confianza más grande en las instituciones que en las personas. “If trust and democracy are related, the deepening of democracy should induce a shift from personal to institutional trust, from clientelism to accountability” (Stokes y Cleary, 2006: 83).26 Por otra parte, sobre todo en estudios más antiguos, el clientelismo se equipara con la cultura política o es visto como una parte de ella. En las relaciones clientelares se ve el afecto de los actores en su destino. La desdicha socio–económica (miseria)27 es un destino colectivo insoslayable que se engaña por la práctica del clientelismo como estrategia racional de supervivencia. Los modelos religiosos ven las estructuras autoritarias y las religiones, por ejemplo el catolicismo,28 como fomentadoras del clientelismo, por su creencia en las jerarquías y su postura fatalista.29 Además, la colonización refuerza esta relación de dependencia y el intercambio desigual, así que a menudo se habla de una tradición de clientelismo, la cual al mismo tiempo es la explicación de su existencia (Weber–Pazmiño, 1991: 168ss.; Caciagli, 1997: 293; Eisenstadt/ Roniger, 1984: 99ss)…”
http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0188-25032010000100005

Comments are closed.