La civilidad en la palabra Un acuerdo de paz está tan cerca hoy como nunca lo ha estado en 50 años. ¿Lo echaremos por la borda?

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Publicado en Correspondecia Recibida

Colombia bien podría beneficiarse de la renovación. Pero este no es el momento. Hoy toca elegir entre el retorno de la práctica de la tierra arrasada y la política de la reconciliación, la paz y las víctimas. En un enfrentamiento de esta naturaleza, no queda más remedio que tomar partido. Está en juego el alma del país. No se trata de elegir un presidente para el cuatrienio sino un modo de vida nacional para las próximas décadas.

El 25 de mayo optaremos por una retórica, un estilo, un discurso. El ser nacional se expresa en palabras y estas no son de poca monta. No lo son porque ellas reflejan una manera de ver el mundo.

En medio de la guerra, el gobierno de Santos valoró el potencial de la palabra para hacer política. A diferencia del caso Pastrana, esta vez nos encontramos ante la probabilidad, y no la simple posibilidad, de la firma de un acuerdo de paz con las Farc.

Está claro: la negociación todavía encontrará escollos y, ni más ni menos, el principal, el de la justicia transicional; el acuerdo todavía se demora; el pacto tendrá costos y solo será un inicio de paz y, además, parcial y pendiente de construcción diaria. Pero un acuerdo de paz está tan cerca hoy como nunca lo ha estado en 50 años. ¿Lo echaremos por la borda?

Los resultados de la mesa de La Habana son producto del pasado –las lecciones aprendidas del Caguán y las ganancias militares del uribismo–. ¿Desandaremos el recorrido caminado con un salto al vacío del ayer? Más allá de las falencias en la implementación de la reparación, la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras nos brindó un dividendo inmediato en el reconocimiento de las víctimas del conflicto.

“La institucionalidad nos sigue defraudando, pero la Ley 1448 me liberó”, dijo una víctima de violencia sexual. Así de importantes pueden resultar las palabras. ¿Se puede, entonces, correr el riesgo de volver a una época en la que el mismo conflicto y, de ahí sus víctimas, fueron negados?

Acertados están quienes advierten que la reconciliación va más allá de los rifles. Está también en el discurso y no todas las palabras valen porque ellas también deben dejar de disparar. Todos tenemos cabida, desde el Partido Comunista hasta la derecha más dura del Centro Democrático, y la reconciliación también pasa por las fuerzas políticas.

Aquí no hay más que diálogo de sordos. Alguna manera debemos encontrar de llevar los extremos a un terreno de civilidad que aún no dominan. No tenemos futuro de reconciliación sin Uribe y sus seguidores, así como tampoco lo habrá sin la Marcha Patriótica.

La política, el arte de la persuasión, se manifiesta en una conversación sobre concepciones encontradas del bien común; la civilidad, en la capacidad de no agredir aun cuando uno es agredido.

Para algunos, la civilidad en el discurso público está sobrevaluada. Pero no se trata de buenos modales, sino de la búsqueda del bien común mediante una dialéctica discursiva, que se ahoga entre la polarización, el maniqueísmo y el insulto.

¿Queremos un país con espacio solo para unos mientras los demás terminan arrinconados, señalados, vilipendiados y hasta acusados? O, ¿uno para todos, incluso para ambos extremos políticos?

La democracia deliberativa se construye mediante la confrontación de las ideas en la conversación y algunos todavía deben aprender a hacerlo.

Este Gobierno está en deuda, pero nos devolvió la civilidad en la palabra y, con ello, nos entregó la esperanza de la paz, la reparación de las víctimas y un camino incierto pero ya esbozado de reconciliación.

Laura Gil

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