Tú sabes tu hacer

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Publicado en Recomend. Fisicas, Salud, Sepa cómo Cocinar

La naturaleza nos da la información necesaria para reco­nocer nuestro DEBER, nuestro HACER. Un ejemplo lo tene­mos al observar las aves y su proceso de alimentación.

Para verlo claro, primero nos referiremos a algunos ali­mentos usados por el hombre corrientemente en la dieta dia­ria, como una leguminosa, la grasa y la leche.

En Colombia, todos sabemos del fríjol como plato tradi­cional de los paisas, el cual comen a toda hora, en cualquier condición, siendo preferidos los calentados. Lo comen des­de pequeños y eso ha sido así por generaciones.

El cerdo es un alimento muy usado por las personas habitantes de tierra fría. Si nos referimos a quienes viven cerca de los polos, allí consumen la grasa de foca, cruda, para poder soportar las bajas temperaturas. También ha sido así toda la vida y no tienen molestias por ello.

Y finalmente, hacemos mención a nuestra condición de mamíferos, razón por la cual la leche es un alimento funda­mental en nuestra vida. Las primeras semanas consumimos exclusivamente leche como único alimento y nos es sufi­ciente.

Luego, no podemos calificara estos tres productos como malos. Y de alguna manera están ligados a nuestra dieta y a nuestra vida; pero, por alguna razón particular de las perso­nas, hay quienes no pueden comerse un plato de frijoles; la 9rasa, en especial la de cerdo, les produce muchas compli­caciones a algunas personas y finalmente la leche es intole­rable para unas cuantas más.

De hecho, el problema no está en los alimentos. Tene­mos un mecanismo de respuesta tan perfecto que, cuando ingerimos un alimento opuesto a nuestras condiciones, genera alarmas, indicando, a todas luces, el error cometido de forma consciente o inconsciente.

De esa manera, al manifestarse el organismo con algún tipo de respuesta ante un alimento fuera de lo normal, vamos seleccionando lo considerado bueno y evitando aquello que genera incomodidades.

El cuento de las aves viene apropiado porque cuando un pichoncito está en su nido, los papas le alimentan regur­gitando dentro del pico lo recogido para ese fin. Pero nunca les informan el nombre, ni la forma, ni el sitio de recolección, ni el tiempo de cosecha. No le suministran guías para conse­guir el alimento adecuado.

Si miramos despacio, la posibilidad de morir de hambre o de envenenarse, en estas circunstancias, es muy grande, pues al pichón, tan pronto como puede volar, los padres le dejan a su suerte y deben procurarse el alimento por sí mis­mo sin una guía de cómo o dónde hacerlo. Le guía, en este caso, su instinto; su propio ser le va a conducir al alimento necesario.

Por otro lado, nosotros también debemos alimentar nuestro cuerpo y nuestro espíritu, nuestro ser interior. La frase “tal o cual cosa es un alimento para el espíritu” es muy conocida y nos ratifica la premisa. Ciertamente, de otra par­te, todo ser humano tiene inquietudes espirituales que lo lle­van a buscar afuera lo que necesita adentro.

Y así el hombre acude (además porque las escuelas están ávidas de nuevos discípulos), a buscar en un exten­sísimo menú de filosofías y doctrinas, el alimento espiritual y comienza a probar de todo: Análisis transaccional, Ayurveda, Budismo, Control mental, Evangelio, Corán, Medita­ción, Ocultismo, Psicosibernética, Qi gong, Tai chi chuan, Yoga, etc., con un problema de fondo: todas las escuelas se presentan como la única y la verdadera y además en todas se encuentran miles de testimonios ratificando el acierto de la elección.

Esto genera un inconveniente: así como los fríjoles son la base de alimentación para unos pero para otros no, lo mismo el cerdo o la leche, con los alimentos para el espíritu sucede otro tanto; y si bien una filosofía o una religión le permitió a unos iluminarse, para otros pudo haber significado la locura.

Y      volviendo al comienzo, en la parte interior debemos tener una guía indicadora del alimento espiritual conve­niente, sin llegar a provocar reacciones. Porque, para des­dicha, con el alimento para el espíritu no ocurre lo mismo que con el alimento para el cuerpo. Cuando el alimento no es adecuado para el organismo, vomitamos, presentamos aler­gia, nos da diarrea o pueden acontecer otras cosas más, bien sean leves o graves.

Pero el espíritu, ante el alimento equivocado, o no sabe manifestarse afuera con síntomas o nuestra ignorancia y nuestra falta de sensibilidad no nos permite percibir la reac­ción interior.

La guía sería guardar silencio en la mente y aquietar el espíritu para poder ver, en el momento oportuno, la señal de alerta y retomar el camino correcto.

Desde luego, se presenta peligro como con los alimentos para el cuerpo. No todo lo dañino nos produce reacciones desagradables. Por esa razón existe el alcoholismo, la drogadicción y un sinnúmero de enfermedades encontradas justamente por ingerir o usar algunos alimentos, los cuales nos exaltan los sentidos y las emociones -antes de aparecer el malestar-, y allí comenzamos a caer.

Y      con tanta demanda y búsqueda de adeptos, con las técnicas de mercadeo perfeccionadas día a día, encon­traremos en el camino muchas invitaciones a degustar una u otra filosofía, religión o secta; las cuales pueden sernos agra­dables, aunque no nos convenga y, poco a poco, nos estare­mos envenenando.

Dejemos, pues, a la misma instintualidad del espíritu la labor de guía, pues él sabe por qué hemos venido a este pla­no y conoce cuál es nuestro alimento apropiado.

Efraín Lesmes Castro

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